Por: Pedro Medina. Marzo de 2006.
"Es increíble que una persona de su posición social y con tanto dinero fuera tan humano", me decía Ilva Russi, una señora con quien inicié una conversación a la salida del entierro de Don Hernán Echavarria. Ilva, una mujer mayor, con brillo en los ojos, me contó que fue secretaria de Don Hernán desde 1957 hasta 1960 y que trabajó en otras ocasiones para él. Fue la persona que mecanografió su libro El sentido Común en la Economía Colombiana.
Es increíble que un hombre que fue una institución en Colombia se haya ido. Yo salí de ese entierro con un choque de emociones dentro de mí. Por un lado, sentí júbilo al escuchar en las palabras del Presidente de la República un eco a mi sentimiento por este personaje. "Le doy gracias a Dios," dijo el Presidente, "por haber privilegiado a Colombia con la existencia de Don Hernán." Sentí también una profunda tristeza al mirar el féretro y saber que Don Hernán no podrá estar ahí en el momento que se digan las cuatro palabras mágicas – se acabó la guerra. Un hombre que creó, cultivó y construyó tanto desarrollo, tanta paz, tantas oportunidades, tanto sentido común, tanta humanidad, tantas ideas, tanta pasión, tanta inclusión, tanta justicia, tanta Colombia se merecía verla en paz!!!
A Don Hernán lo conocí en la sala de su casa hace unos 4 o 5 años cuando ante un grupo de presidentes de empresas, durante 2 horas en su forma tan clara, precisa y amena, rebatió una noción que andaba flotando por el ambiente. Don Hernán hacía la tarea bien hecha. En esa época un grupo de Profesores de la Universidad de los Andes terminaron una investigación sobre la violencia e hicieron lo que muchos han hecho con Colombia. Nos mostraron el espejo roto; nos demostraron categóricamente, irrefutablemente, que los colombianos somos violentos. Recuerdo como al enterarme de esto y creerles, empecé a justificar mi propia agresividad. Entendí la violencia alrededor mió como algo inevitable, algo genético.
Pero luego vino Don Hernán con lujo de argumentos, cifras y gráficas nos demostró en forma categórica, irrefutable que al comparar la violencia en Colombia medida por muertes violentas por 100,000 habitantes con la violencia del resto de Latino América, con excepción de unos picos en la guerra de los mil días y en el ‘48, Colombia estaba dentro del rango del continente. La violencia se disparó en Colombia en el ’82 con el narcotráfico. Salimos todos de ahí livianos y sonrientes. Don Hernán nos había quitado el peso de la inevitabilidad de los paradigmas. Colombia no es de por sí un país violento.
Salí del entierro de Don Hernán con un peso encima – el peso de la responsabilidad. El comentario generalizado de los asistentes era que Don Hernán había puesto la vara muy alta, que es un ejemplo muy difícil de seguir. Yo coincido pero se que los trozos grandes los podemos cortar mas pequeños para poderlos masticar. Pienso que aquellos que lo conocimos – poco como yo o mucho como muchos, tenemos una responsabilidad de enseñar lo que el nos enseñó y modelar lo que él modeló.
Pienso que un buen comienzo está en lo que resaltó su hijo, Gabriel, los sacerdotes que oficiaron la misa y su ex secretaria Ilva – su extrema humanidad, su auténtico y demostrado interés por el individuo y su actitud de servicio. Ilva me contó que un día llegó ella a la oficina y el le había mandado a hacer una silla nueva. Le pidió que la probara...le preguntó si le gustaba el color. Cada vez que ella entraba a la oficina, el se ponía de pié y en sus palabras "me hacía sentir como la Reina Isabel". Le preguntaba si le molestaba el volumen de su música clásica. Siempre estaba de buen genio.
Nos compete entender y multiplicar ese verdadero sentido de la vida que tenía este líder – que el líder debe lograr que la silla del otro sea cómoda y le guste, que aquellos que son liderados sepan que son reyes y reinas, que la música que suena les sea agradable y que trabajen en un buen ambiente.
La música de Don Hernán ya no suena directamente. Pero ahora todas sus palabras, ideas, enseñanzas y ejemplo retumban y adquieren eco. Colombia necesita de modelos colombianos. Necesitamos que las ideas se vuelvan acciones, que las acciones se vuelvan modelos, que los modelos se vuelvan historias, y que las historias se vuelvan nuevos paradigmas. Don Hernán ya convirtió sus ideas en acciones, modelos, historias y nuevos paradigmas; sus paradigmas empoderan e inspiran. Aprendamos de ellos y de él.
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