Tres milagros costeños. Innovaciones de antaño para problemas de hoy

Por: Diego Rosselli. Mayo de 2006.

Todos los colombianos conocemos el milagro de Chiquinquirá, el de la Virgen de Las Lajas, y el del Milagroso de Buga. Pero yo me pregunto ¿cuántos habrán oído hablar del milagro de la Divina Pastora de Codazzi (Cesar), del Santo Tomás milagroso de Villanueva (Guajira) o del prodigio de Nuestra Señora de la Candelaria en El Banco (Magdalena)? No es que estos milagros estén en el olvido, en especial porque podrían ayudarnos a solucionar uno que otro problema actual.

Es difícil imaginarse cómo era de dura la vida en el siglo XIX en el Pueblito de la Divina Pastora del Espíritu Santo, luego bautizado Codazzi en homenaje al geógrafo que murió allí en 1859. Esta fértil tierra, recostada en la serranía de los Motilones estaba ubicada en el viejo camino que venía de la Guajira y que, tras días y días de caminar o cabalgar, llegaba a la porción navegable del río Cesar, cerca de Chiriguaná, para salir así al Magdalena. La pequeña villa y sus caminos circundantes vivían acosados por los sanguinarios indígenas tupes, que como una vieja versión de los elenos, mantenían a la población aterrorizada cada vez que dejaban el casco urbano. Los tupes incluso habían llegado a quemar el poblado en 1873. Aún hoy en el centro de Codazzi le muestran a uno la casa en donde - según contaban los abuelos - vivía alguien cuyo cadáver apareció atravesado por docenas de flechas.

Ni las acciones militares, ni las incursiones evangelizadoras de los misioneros capuchinos –que llevaban siglo y medio en la región– aplacaban la saña de estos nativos. Hasta el día del milagro: el 7 de septiembre de 1914. En ese Santo Día se dirigían a las montañas el primer vicario de la Guajira monseñor Atanasio Vicente Soler y Royo, y el general Antonio Galo Lafaurie, héroe de la guerra de los Mil Días, acompañados de un destacamento militar. En algún momento se vieron rodeados por los temidos tupes. Su cacique, en son de paz, saludó al prelado y al general, y sin que mediara presión alguna prometió aceptar la convivencia pacífica, que se mantiene desde entonces. Eso sí, con perdón y olvido. La conclusión es obvia: la Divina Pastora del Espíritu Santo debería ser, sin duda, la Patrona Oficial del Alto Comisionado para la Paz.

Si la súbita pacificación de unos nativos puede no parecer milagrosa, espere a ver el milagro del santo Tomás de Villanueva. Los ríos de la región, incluso antes de la tala sistemática de sus nacederos, se han caracterizado por la furia de sus aguas en épocas de lluvias. En una de tantas crecientes el cauce del río se fue haciendo cada vez más amenazador. Todos los hombres se volcaron a su ribera con picas y palas, ya para facilitar el curso del agua en aquellos lugares que la represaban, ya para armar barreras de contención. Pero el nivel seguía subiendo y los esfuerzos parecían inútiles. A instancias del cura párroco, se decidió sacar al Santo Patrono en procesión para que intercediera por la salvación de Villanueva. Cuál no sería la sorpresa cuando llegaron al templo y no encontraron el lienzo en su lugar. ¿Los habría abandonado santo Tomás en un momento de necesidad? Sin embargo, poco a poco las aguas se amansaron y pronto se vio otra vez un río tranquilo. Entonces el pueblo entero fue testigo del hecho milagroso: santo Tomás estaba de nuevo en su lugar de siempre, todo embarrado y húmedo por las labores de drenaje y excavación a las que sin duda había estado dedicado. Qué mejor Santo Patrono que Tomás de Villanueva para un ministro del Interior siempre anegado de dificultades que parecen quererlo ahogar.

Chiquinquirá se precia de que su imagen de la Virgen, con San Andrés y San Antonio a sus costados, se restauró sola. Pero si de cambios dramáticos se trata, El Banco tiene un milagro más sorprendente. Domingo Ortiz, un joven de raza negra nativo de la región de Loba, acompañó a un sacerdote franciscano en el largo viaje desde Cartagena hasta Honda. Como muestra de gratitud, el cura le obsequió a Domingo una pequeña estatuilla de la Virgen de la Candelaria que, a manera de escapulario, él se colgó del cuello y trajo al entonces recién fundado pueblo de El Banco, por allá por el año 1680. Nuestro hombre, en acto de devoción construyó una pequeña ermita, con un nicho especial para la Virgen. El hecho milagroso es que la imagen, que hoy se conserva en el templo parroquial, y que es sacada en procesión cada año en las fiestas patronales, ha venido creciendo progresivamente; dicen que en tres ocasiones han tenido que agrandarle el nicho. Es a la Virgen de la Candelaria de El Banco a quien podemos invocar todos los colombianos para que ciertas figuras públicas, a quienes por elección popular colocamos en algún elevado nicho de la política, no se nos crezcan y logren conservar el tamaño que de veras tienen.

Diego Rosselli
M.D., Ed.M., M.Sc.