Por: Daniel Buritica. Abril de 2006.
Todo el mundo me pregunta por qué cargo un zapato de bebe en mi maleta. Y aunque ese zapato fue un regalo, la verdad eso no es lo importante. Lo verdaderamente interesante es que este zapatito me ayuda a tener los pies en la tierra. Me recuerda lo que soy y lo que quiero ser.
Todo comenzó cuando compartía momentos inolvidables con mis amigos del alma, en medio de unas cuantas cervezas, y con el corazón en la mano, hablábamos de diferentes de temas y anécdotas recordando el pasado, anhelando el futuro, riendo de todo, de todos y en algunas ocasiones probando cuan profundos podemos llegar a ser. Fue así como un domingo cualquiera se hablo de esa película. Bueno, fue mucho más que una película. Es una de esas que empiezan con la frase "Basada en una historia real". Y que historia!!! Era un equipo de rugby uruguayo que viajaba en una avioneta la cual, después de un aparatoso accidente quedó perdida en la mitad de la Cordillera de los Andes, en una montaña cubierta de nieve donde todo era frío, dolor, llanto y desconsuelo. En este momento los tripulantes comenzaron la mayor aventura de sus vidas, la de sobrevivir en medio de la nada. La lucha llego hasta el punto de enfrentarse a situaciones extremas recurriendo hasta lo impensable para intentar salir bien librados de aquella montaña.
Un día, la furia de una avalancha acabo con la mitad de ellos y dejó sepultada la poca esperanza que quedaba. Al final sólo había una solución: salir a buscar ayuda. Pero no todos podían tratar de cruzar las montañas, seria un viaje largo y peligroso. Por eso, escogieron a dos personas para prepararlas tanto física como psicológicamente, les daban lo mejor de la comida y aquellos pedazos grandes se guardaban en una bolsa de cuero que se les reservaba para el viaje. Era la última opción, era lograrlo o morir en el silencio cortante de la nieve.
En el día de la expedición, los elegidos debían partir con las pocas provisiones en busca de ayuda para todos. En ellos estaban puestas las ilusiones de los que quedaban. Antes de partir, el médico, uno de los elegidos, tomo dos zapatos de bebe idénticos y se acerco donde su mejor amigo. Puso un zapato en la mano de su amigo y el otro lo guardó para él. Lo miro a los ojos y le dijo:
No te preocupes. El zapatito es para que no te olvides que yo volveré por ti.
Los enviados salieron en busca de ayuda y algún tiempo después encontraron al pie de la montaña un pequeño pueblo provocando gran alegría y regocijo entre los expedicionarios. ¡Se habían salvado! En medio del goce que produjo el haber encontrado la salvación, el médico metió la mano en su morral, sacó el zapato de bebe y recordó la promesa hecha a su amigo y hacia el resto de los perdidos en la montaña.
Esta historia expresa exactamente lo mismo que pasa con nosotros, los jóvenes colombianos. Todos aquellos que han tenido el inmenso privilegio de estudiar tienen que llevar en su cabeza la inmensa responsabilidad de sacar este país adelante. Después de tantos años marcados por la violencia, el desarraigo y la pobreza que ha vivido nuestra Colombia, es hora de emprender un viaje sin regreso, el viaje que encontrará ese pueblo lejano donde yacen nuestras esperanzas.
Cómo duele ver jóvenes profesionales, que han cumplido todos sus sueños y expectativas individuales, y siguen caminando buscando plata sin acordarse por un instante del zapatito de bebe que llevan en la maleta de la vida. Después que la sociedad colombiana ha guardado lo mejor para ellos, a puesto en esa bolsa de cuero el estudio, los viajes y todos los privilegios, esperando que ellos los rescaten, que nos rescaten. Es triste verlos partir olvidándose completamente de todos los que quedaron atrás, de todos aquellos que no recibieron ni el estudio, ni los viajes, ni los privilegios, todos los que comieron poco para que ellos tuvieran fuerzas.
Cuando un joven se olvida del zapatito deja atrás toda la responsabilidad que carga sobre sus hombros. No quiere pensar en todos esos desempleados, habitantes de la calle y personas que viven en absoluta pobreza. Y lo único que ruegan es por ver esa pobreza de lejos, que no los toque, que no los mire y que no venga a robarle el reloj, el carro o un centavo de peso.
Por eso, yo cargo un zapato de bebe en mi maleta como un símbolo, que representa a todos aquellos que hemos decidido asumir la responsabilidad que por ser colombianos tenemos.
Ese zapatito me conmueve. Me recuerda que mientras escribo, existen jóvenes colombianos que maltratan sus manos, sus espaldas y sacrifican la rumba por construir casas para los que no tienen techo. Jóvenes como los que pertenecen a Un techo para mi país.
Ese zapatito me inspira. Pues también representa a esos jóvenes que pasan las noches en vela consiguiendo cumplir los sueños de niños con enfermedades terminales. Jóvenes de Mi sueño es Colombia.
Ese zapatito me emociona. Pues representa a Marcela y Paola, niñas universitarias que comparten una agua de panela con pan los jueves en la noche con los indigentes del chorro de Quevedo. Ellas hacen que los invisibles, para muchos, dibujen sonrisas. Ellas conforman la Olla feliz.
Todos ellos hacen parte de Recojo, Red Colombiana de Jóvenes que, apoyada por la fundación Yo creo en Colombia, le recuerda a los jóvenes que ahí, al lado de sus libros, calculadoras y esferos hay un zapato de bebe que representa y recuerda su mayor responsabilidad.
Por fin, estamos acortando la brecha entre la indiferencia de los jóvenes y un país que los necesita. Por fin tenemos Recojo. Sólo faltas tú.
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