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Crónica roja del siglo XIX

Por: Diego Andrés Rosselli Cock Junio del 2007

 

Con las pruebas de ADN y los detectores de mentiras, la investigación criminalística ha hecho algunos avances. Pero, lamentablemente, la naturaleza humana sigue siendo la misma. E idénticos son los móviles de los principales crímenes, muchas veces la ambición de los bienes ajenos, y otras tantas los malos amores. En esta crónica relato dos asesinatos ocurridos uno en Bucaramanga y otro en Manizales, cuando ambas ciudades eran apenas pequeños pueblos provincianos. Con los recursos de la época los criminales lograron ser identificados.

En la madrugada del 1º de noviembre de 1834 el silencio de la noche bumanguesa fue roto por los gritos del niño Ambrosio García desde la ventana de la casa cural. Sus alaridos fueron escuchados y repetidos por los presos de la vecina cárcel: “¡Mataron al Cura!” En fin, no transcurrió mucho tiempo antes de que las campanas de la iglesia tocaran a incendio y las principales autoridades del pueblo estuvieran reunidas junto al cuerpo del padre Eloy Valenzuela, tendido en el piso de su habitación.

El señor párroco era un hombre de 78 años que, además de su larga labor pastoral, había trabajado hombro a hombro con su pariente político José Celestino Mutis en la descripción de nuevas especies de plantas. Y a pesar de su actitud realista, había sido respetado y admirado por el mismo Simón Bolívar. Cuando la ayuda arribó, el sacerdote estaba consciente aún, a pesar de las dos puñaladas y de la profunda herida de lanza en un costado. Ni el jefe político de la comarca don Francisco Puyana, ni su propio hermano el también cura José María Valenzuela lograron convencer al padre Eloy para que delatara a los asesinos. Sólo admitió que él mismo los había bautizado, y que ahora los perdonaba. El padre Valenzuela murió antes del amanecer.

Trescientos pesos se ofrecieron a quien suministrara información que llevara a la captura de los criminales. Un campesino observador suministró la pista clave. En uno de los caminos de salida de Bucaramanga se había cruzado con un jinete que, por sujetar algo debajo de su ruana, con gran dificultad había logrado abrir uno de los portones del camino. Unas horas más tarde volvió a encontrárselo, esta vez sin el lastre de aquello que sin duda estaba ocultando. Nuestro campesino decidió seguir las huellas del hombre y halló enterrados unos ornamentos religiosos que entregó a las autoridades.

El proceso que se siguió en Girón –entonces la capital del circuito judicial– fue breve. Higinio Bretón, confeso y arrepentido, fue fusilado en la plaza de Bucaramanga y su cabeza puesta en una vara, para escarmiento. Su hermano José Ignacio fue condenado a diez años de prisión en Cartagena, de donde nunca regresó, ya que murió trágicamente poco después de cumplir su condena. Como homenaje al padre Valenzuela, el jardín botánico de Floridablanca lleva hoy su nombre.

De otro lado, la víctima del asesinato de la noche de navidad en Manizales, en 1865, no tenía –quizás– la importancia que tuvo el sacerdote de Bucaramanga. Se trataba esta vez de una madre de familia que se había quedado cuidando a los niños mientras su esposo asistía a la Misa de Gallo. Cuando don José María Alzate llegó a casa encontró a su mujer Ana María cruelmente asesinada con dos profundas heridas de barbera. Los niños ni siquiera habían despertado. Este crimen sería uno más de tantos que se cometían entonces y se siguen cometiendo hoy, de no ser por las estrategias empleadas para esclarecer su autoría.

Al día siguiente al asesinato, el padre José Agustín Aranda, desde el púlpito, empezó sus sermones y peroratas plagadas de admoniciones sobre las penas eternas enfatizando los tormentos que aguardaban al asesino en la otra vida, así como la culpa que habría de acompañarlo en ésta. “Oíd, pueblo, cómo suenan las cadenas de los réprobos del infierno”, decía.

Pero las imprecaciones del cura no fueron suficientes para obtener la confesión de ninguno de los sujetos que conformaban la lista de sospechosos, y que eran obligados a asistir al templo. Fue entonces cuando el alcalde don Rafael Jaramillo propuso una alternativa un tanto menos ortodoxa. Aseguró que en el vecino pueblo de Villamaría había una bruja cuyos poderes podrían ayudar a resolver el caso. Por considerar que nada se perdía, el padre Aranda aceptó que la bruja caminara entre los presos, escudriñándoles el alma con la mirada. En estas circunstancias pudo más el temor al poder profano de la adivinadora que al del representante de Dios en la tierra. O quizás se sumaron los dos efectos. El hecho fue que el compadre Vicente saltó a confesar su amor no correspondido por Ana María y atribuyó a los celos la culpa del hecho infame. El criminal no habría de durar mucho tiempo en la cárcel. Con su huida se perdieron sus pasos para la historia. Hoy, claro, cualquier abogado invocaría alguna causal de nulidad, alegando –por ejemplo– que no se le garantizó al confeso asesino el “debido proceso”. Sea como fuere, siglo y medio más tarde queda la inquietud: ¿para dónde agarraría Vicente?

 

Diego Andrés Rosselli Cock
 
Columnista invitado