Desierto y concierto

Por: Pedro Medina. Junio del 2007.

Dicen que los desiertos no tienen vida. Que son lugares desiertos de vida, desiertos de verde, desiertos de fauna... desiertos de energía. Dicen que los desiertos son como la gente sin sueños, sin pasión, sin luz en los ojos…lugares inertes.

Aquellos que hemos experimentado los desiertos colombianos sabemos que esto no es cierto. He conocido ya 2 de los desiertos colombianos – el de la Guajira y el de la Tatacoa y puedo afirmar que estos dos desiertos colombianos son un concierto de vida, de energía, de iluminación.

El desierto de la Tatacoa es un lugar para recargar las pilas, para resolver conflicto, para reconciliarse con la vida, para reflexionar sobre una docena de preguntas importantes para una nación en pleno proceso de reinvención:

  • ¿Por qué sembrar árboles bajo cuya sombra nunca descansaremos?
  • ¿Cómo transformo la riqueza local de las comunidades en oportunidades, inclusión, desarrollo sostenible y paz?
  • ¿Cómo aprovecho el hecho de que las vacas tragan semilla y defecan semilla con fertilizante incluido y así nacen el Chilinchil, el Molorcillo, el Pelá…?
  • ¿Cómo aprovecho tantas especies de pájaros como el Pitofuí, el Cardenal, el Pacholoco, la Mirla, la Chirgua, el Pico de Plata, el Chamón, y mi favorito, la Santa María, un pajarito intenso de un rojo intenso que pulula el desierto y lo sorprende a uno con sus movimientos bruscos y su vuelo rápido?
  • ¿Cómo aprovecho el desierto de los siete colores…rojo, gris, naranja, chocolate, azul, blanco, negro y lo posiciono como un lugar para apaciguar el alma y nutrir el espíritu?
  • ¿Cómo aprovecho el estudio de los extraterrestres y apalanco grupos como el de las 60 personas que se encontraban investigando estos fenómenos?
  • ¿Cómo aprovecho  la abundante radiación por m2 de este lugar a solo 6 grados del ecuador para producir energía solar?
  • Si el cielo es una gran pregunta, ¿Cómo obtener respuestas al ampliar los astros entre 100 y 800 veces con el telescopio que ha instalado la Gobernación en un observatorio bien construido y en manos de un astrónomo paisa apasionado que contagia el interés por los cielos?
  • ¿Cómo aprovecho el poder ver la mancha del sol que es 2 veces el tamaño de la tierra y poder dimensionar nuestra verdadera importancia en el universo?
  • ¿Cómo aprovecho las formaciones curiosas, las ventanas de oportunidad en esas formaciones y las brechas?
  • ¿Cómo le saco jugo al cactus, a la posibilidad de hacer dulce y licor de cactus, y a la oportunidad que el corazón duro del cactus nos brinda para hacer casas con esa madera dura?
  • ¿Cómo le sacamos jugo a la gastronomía local, al estofado de chivo, a los quesos de chivo?

Con tanto conflicto en Colombia, estoy convencido que al sentarse bajo la sombra de un Cují o un Algarrobo rodeado por ese paisaje que lo embriaga a uno de su belleza, y de cactus de todos los tamaños y formas, reconoce uno que el corazón duro es importante en el cactus pero no en los seres humanos.

Estoy convencido también que en un mundo con 55 millones de personas observadores de pájaros, gente jubilada con dinero, el poder invitar a este turismo sensible a visitar este lugar mágico es una magnífica idea. Estoy convencido que al descubrir lugares mágicos como estos, verdaderos conciertos de armonía, de naturaleza y de energía, se reconcilia uno con la vida, con Colombia y con uno mismo.

Por último, estoy convencido de que ese comentario que me hizo, Angel Alberto Clever, un personaje del desierto de la Tatacoa sobre el culanche, ese licor del cactus, aplica para todo el desierto.  Nos dijo Clever, El culanche es bueno para subir a las nubes…después usted verá como se baja.  Después de experimentar estos desiertos, siento que el desierto es bueno para subir a las nubes…después usted verá como se baja. ¡Cuando se baje, cuente el cuento! Y es importante contar el cuento porque el cuento que no contamos, no cuenta.  Al contar el cuento, entusiasmamos a los colombianos y extranjeros a que visiten estos lugares y descubran porque Colombia es el secreto mejor guardado del mundo.

Pedro Medina
Presidente Fundación Yo creo en Colombia.