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Por: Diego Andrés Rosselli Cock Mayo del 2007
Pamplona puede ser un lindo sitio para morir. Ahí cerca cayó herido y agonizó en 1532 el sanguinario Ambrosio Alfinger; y el conquistador Ortún Velasco, fundador de la ciudad en 1549, la escogió para criar a sus hijos y morir allí de viejo. Pero morir en Pamplona no debía estar en los planes del general venezolano José Antonio Anzoátegui cuando llegó allí ostentando el pomposo título de Comandante en Jefe de los Ejércitos del Norte. Con 29 años, este general de división, veterano de 37 acciones de guerra, y que había comandado las alas central y derecha de los ejércitos patriotas en Boyacá el 7 de agosto, era después de Bolívar y Santander el militar neogranadino de más alto rango.
A la llegada de Anzoátegui, en octubre de 1819, Pamplona era no sólo una de las ciudades más prósperas de la Nueva Granada, también era una de las más ricas en historia. A sólo dos años de su fundación se había descubierto oro en las cercanías, y el derroche sin medida de esos nuevos ricos llevó a que la ciudad se conociera como “Pamplonilla la loca”. Don Manuel Ancízar en su Peregrinación de Alpha cuenta cómo un fraile que pasó por allí en esos días de gula, lujuria y lascivia fue obsequiado con doce libras de oro de 22 quilates, y 2500 esmeraldas, presuntamente destinadas a la Virgen de Monserrate.
El castigo divino se manifestó en Pamplonilla en forma de terremoto, en 1644. Los monjes del monasterio de Santo Domingo se habrían salvado todos por el anuncio premonitorio de un niño indígena que golpeó en sus celdas librándolos de la hecatombe. Sólo una pared del monasterio quedó en pie, aquella en donde estaba el lienzo de Nuestra Señora del Rosario. Fueron muchos los que murieron durante el sueño esa madrugada del 16 de enero.
Durante siglos Pamplona había sido un criadero de artistas. Ello se manifiesta incluso hoy no sólo en sus construcciones, sino en sus dos museos de arte y en su universidad, un centro educativo que no ocuparía un lugar secundario así estuviera en Bogotá, Cali o Medellín. Y estamos hablando de una ciudad cuya población (según el censo de 1993) compite apenas con Pitalito o con Sahagún, con Fundación o con Yopal. En Pamplona nació el escultor Eduardo Ramírez Villamizar y el mucho menos conocido Alonso Fernández de Heredia, un pintor colonial cuyas obras en nada envidian a las de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos.
Pero habría de pasar un siglo desde la muerte del pintor Fernández de Heredia hasta la de nuestro prócer Anzoátegui. Ese trágico 14 de noviembre de 1819, como esas grandes ironías del destino, celebraba el general sus 30 años. Las autoridades de Pamplona le tenían organizado –no era para menos– un banquete en su honor. Pero atengámonos por un momento a los hechos: José Antonio Anzoátegui se enfermó el 14, se murió el 15, y lo enterraron el 16. Pero ¿cómo fueron las circunstancias que rodearon su muerte? ¿De qué murió el general? Ahí sí los relatos difieren.
El parte oficial consigna tan sólo la palabra “fiebre” como causa de su fallecimiento. La biografía clásica de Anzoátegui, la de Fabio Lozano y Lozano, con sus 500 páginas, dedica algo más de una a la enfermedad final del héroe de Boyacá (y luego 25 a los trámites legales de su sucesión). Aunque Lozano y Lozano plantea las dudas que hay al respecto, termina apoyando la hipótesis de una fiebre letal. Algún médico e historiador venezolano asegura que a Anzoátegui lo envenenaron. El escritor samario del siglo XIX Luis Capella Toledo asegura que el héroe murió de mal de amores, al saber que una muchacha que él había conocido en Duitama, y a quien dirigió un par de cartas de amor al encontrarla de nuevo en Pamplona, se había casado.
Pero la historia que cuentan en Pamplona es diferente. En el recorrido por la casa en donde falleció el general le muestran al visitante la alcoba en donde agonizó y murió. Pero también destacan las dos puertas de la habitación, una que sale al patio central, y otra que lleva al largo corredor lateral por donde circulaban las bestias en camino a los establos que estaban detrás de la casona. Por esa puerta –se dice– huyó la muchacha que estaba encerrada con Anzoátegui cuando sobrevinieron los primeros síntomas de su letal enfermedad.
Debo confesar que no he encontrado registros escritos que apoyen la hipótesis de que nuestro héroe retozaba en la alcoba con una mujer ese 14 de noviembre. Como médico, son raras –aunque no imposibles las enfermedades febriles que lleven tan rápido a una persona a la muerte y, en particular, a la inconsciencia. Algunas formas de meningitis epidémica, quizás. Es rara también la ausencia de informes detallados del médico de Anzoátegui, el veterano de la Legión Británica Tomás Foley, que lo acompañó durante su corta enfermedad. Con su silencio Foley podría estar protegiendo la confidencialidad de su paciente. Y no menciono siquiera la belleza de la mujer pamplonesa, como un posible factor precipitante, para no hacerme merecedor de algún comentario de Florence Thomas.
¿Qué mató, pues, a José Antonio Anzoátegui? Lo más interesante del caso es que hoy tendríamos las herramientas para esclarecerlo. Según lo corroboré con el neuropatólogo y buen amigo Fernando Velandia, ex director del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, la presencia de tóxicos podría detectarse en los restos óseos. Y si murió “en el acto” lo más probable es una hemorragia cerebral, cuyas huellas estarán todavía en forma de una impregnación hemática oscura en el interior de su cráneo. La dificultad no es técnica. ¿Quién ordena la exhumación de los restos del prócer? Y si de veras lo envenenaron –me dice un abogado– ya qué. Ese crimen estaría sin duda más allá de los límites de cualquier prescripción de términos. Quién quisiera morir en Pamplona.