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De la ética y la moral en Colombia

Octubre de 2008

“El hombre no es absoluto pero su fin es absoluto porque ser hombre significa ser moral. Se trata, pues, para el hombre, de vivir moralmente, porque el secreto más profundo del hombre es ser moral” (Jean Paul Sartre, Revista alemana de filosofía, “CONCORDIA”, 1982).

El hombre es un ser eminentemente ético: desde que adquirió conciencia del bien y del mal todos sus actos racionales y libres están encaminados a la consecución del BIEN. Y como la moral es la ciencia del bien y del mal y la ética es la teoría de la moral, el hombre que conoce el bien y el mal y amolda su conducta al bien, será un ente ético. Todas las cosas tienden al bien, decían los idealistas griegos; y los hedonistas afirmaban que el sumo bien es la felicidad. De ahí que el hombre que distingue el bien del mal, esto es, el ente racional, prefiere el bien al mal: es decir, que practica la virtud; y como la virtud por excelencia es la justicia, la práctica de la justicia se confunde con la práctica de la moral.

La moral no se enseña en la academia, dijeron los filósofos; pero se aprenden y se aquilata por el hábito; es una propensión del ánimo a practicar el bien, que se adquiere, se cultiva, se pondera y se ejercita.

Cultivarla, adquirirla y practicarla como ejercicio intelectual y espiritual de la justicia, debería ser empeño cultural de todo hombre honrado para elevar la jerarquía humanística de su función comunitaria.

Mas para ello es preciso conocer la teoría de la moral; no porque esta sea necesaria para su ejercicio por parte de quienes la practican de modo espontaneo y sin desfallecimiento ni lagunas, sino por el conocimiento y disciplina de quienes la desconocen y traicionan, que en épocas de crisis de valores proliferan, desgraciadamente como las bacterias patógenas proliferan en medio idóneo. Cuando las civilizaciones y los pueblos entran en barrera por el menos precio de la práctica de la moral, parece indispensable que la gente honesta y responsable repase sus conocimientos sobre ética a fin de difundirlos y contribuir de esa manera al rescate de su patria y de sus instituciones.

Estudiar la ética es cultivarla y aquilatarla. Pero no es fácil el estudio de la teoría de la moral. Por eso nos dirigimos especialmente a los profesionales, más familiarizados con lo abstracto, a fin de que repasando sus principios, reflexionen sobre la manera de catequizar a los inválidos morales para la causa de la salvación de la moral, de la justicia.

Moral no hay sino una. A este principio nos atendremos permanentemente. La moral es practicada por los hombres de todas las culturas. La practican los hombres de todo nivel cultural. Pero se supone que quien la practica mas conscientemente y, por tanto, más exigente y ponderadamente, es el hombre a quien llamamos con el epíteto profesional, porque paso por una escuela en donde lo formaron en la especialidad de una ciencia para el servicio de la sociedad.

Este individuo, además de la práctica del ordenamiento ético, se halla sometido al cumplimiento de deberes específicos, propios de cada una de las profesiones, cuyo enunciado atañe a la deontología.

De ahí que cuando hablamos de ética profesional, estamos refriéndonos realmente al ordenamiento ético y al ordenamiento deontológico: al primero como un ordenamiento universal; al segundo como un ordenamiento especializado.

El propósito de este ensayo, ya lo hemos dicho, es recordar a los profesionales sus conocimientos de Ética, exhortarlos a que los apliquen en el cumplimiento de sus obligaciones deontológicas y a que contribuyan con su ejemplo a la moralización del medio en que actúan y al rescate de aquellos valores éticos que se perdieron en el desvarío de las ambiciones desmedidas de riqueza, de poder y fama. En una palabra, a que seamos todos justos y apliquemos la justicia sin reservas, con amor al prójimo. Porque si aplicamos la justica éticamente, desterraremos el oído de los corazones de los hombres a quienes negamos la justicia y conjuraremos de tal modo la violencia. Y cuando no haya violencia habrá seguridad y orden; y habiendo orden y habiendo seguridad, habremos asegurado la paz entre los hombres.

Hará justicia ética el hombre que tiene presente que en toda concepción de si animo destinada a plasmarse en acto extremo, existe “la persona ajena” del derecho, a quien no pude negarse lo que le corresponde.

Y así, el médico ejecutara esa justicia si piensa en la salud del prójimo antes que en sus estipendios o en su molicie; el juez y el abogado actuaran éticamente al considerar que la justicia misma es el fin de la jurisprudencia, procediendo en todo diligentemente y relegando a segundo término la justa remuneración de su ejercicio nobilísimo.

Harán justicia ética los administradores de la cosa pública que ejerzan si función en beneficio de los asociados antes que en favor de sus intereses egoístas o de los de sus validos; el arquitecto y el ingeniero procederán éticamente y en la justicia, si piensan en la obra al ejecutarla, antes que en las gabelas del contrato. Y lo mismo hará el periodista que informa y comenta objetiva y veras mente desoyendo intereses personales afectivos intelectuales, o de satisfacción de vanidades pueriles de hacerse juez de cuanto informa y comenta; y otro tanto hará el industrial que no defrauda en el contenido, peso y mediada; y el comerciante que se atiene a la ganancia justa en su intermediación, si acaparar y especular con los artículos que expende; y hará justicia en ética el militar que al ejercer su ministerio se hace cargo de que es el brazo e instrumento e la coerción natural a la justicia misma, y que por tanto debe comportarse a la propia altura de los jueces y los magistrados.

Y en fin, hace justicia en ética todo hombre que, en el trato de sus semejantes dice la verdad; que no le será tanto si contiene reservas de engaño, fraude e injuria, lo que no será ni ético ni justo.

Y no se requiere que la ley jurídica prohíba lo antitético y lo injusto. Basta que lo sea para que la sana interpretación de aquella exprese la prohibición implícita.






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