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Felices en Colombia

Por: Fernán Martínez Mahecha diciembre del 2008

 

Tengo muchos amigos ilustres, nacidos en Colombia y criados en Estados Unidos. Criados de la esposa, criados de los hijos, criados de los cuñados. Criados de todo el mundo.

He visto a muchos ejecutivos colombianos haciendo lo que nunca hacían en Colombia : barrer, trapear, sacar el perrito a hacer pipí, lavar el carro y mercando en Costco donde les sale más barato.

Vendieron todo para irse a vivir a Miami y ahora, más arrepentidos que un tatuado, están vendiendo todo para regresar a Colombia . Y tienen razón : Dicen que para salir con un millón de dólares de Estados Unidos la forma más segura y efectiva es llegar con dos millones de dólares.

La ida a Miami les sirvió para darse cuenta de que en Colombia se vive mejor y que el sueño americano puede ser una pesadilla si no se habla inglés y si no se está dispuesto a arrancar desde el físico suelo. Y además se necesita haber sido criado, pero de verdad, en Estados Unidos.

Ganarse los primeros cinco mil dólares mensuales trabajando en Miami no es nada fácil para un Juan Valdez recién llegado. Aquí no valen palancas ni recomendaciones, ni ser amigo del gerente o del ministro.

Eso de que en Miami todo el mundo habla español y no se necesita hablar inglés es un cuento chino. El que no habla inglés es medio hombre, gana como medio hombre, vive como medio hombre y sufre como un hombre entero. Abogados, administradores de empresas, filósofos y odontólogos tienen que trabajar por horas de Valet Parking, repartidores de pizzas o vendedores de Herbalife para pagar 'la renta', echarle combustible al carro y comer. Son los extraditados voluntarios.

Se fueron para Miami a quejarse del clima pegachento, de los resfriados por el aire acondicionado, las distancias, los arriendos caros, los impuestos, la falta de licencia de conducir, las donaciones en los colegios, la indiferencia del vecino, los malos médicos, los odontólogos inseguros, el lujo de las empleadas de servicio, el arrume de cuentas mensuales, la comida que sólo engorda, las áreas de no fumadores, la ausencia de la prima de medio año, la prima de Navidad y las cesantías, las fiestas con guitarra y trencito. Las preguntas con un solo Signo de interrogación, la falta de amigos, los puentes Emiliani. Los reinados de belleza, el campeonato de fútbol, las despedidas de soltero, las fiestas de bodas de tres días, las cabalgatas nocturnas y la tienda de la esquina.

Viven aburridos en Estados Unidos porque los tamales los envuelven en papel de aluminio Reynolds, no hay columpios de vuelo, las empanadas son blandengas, el tomate sabe a pepino, el pepino a papa. La papa a tierra y el pollo a nada, las naranjas no tienen pepas, los bananos son enanos, hay que buscar un cirujano para que ponerse una inyección o vender la casa para pagar una operación, el lulo lo venden en cubitos congelados. Morirse es más caro que vivir y las arepas tienen químicos.

No pueden acostumbrarse a que los sábados y domingos hay que quedarse echados en un sofá, el cura no los conoce, la gerente del banco no les da sobregiro, nadie golpea en la puerta de la casa, el perrito no puede ladrar porque les llaman la policía y por cualquier piropo a una secretaria los pueden demandar por sexual harrasament.

Extrañan en el alma los paseos en moto, las caminatas, la vegetación del Parque del Virrey, las ventas de fritanga, la Plaza Bolívar, las salidas al campo los domingos, los pasajes de ida y vuelta, la misa en español, los tramitadores, los bizcochos de achiras, los cuida carros, los saca perros, el alumbrado de Medellín, el Teatro Colón, las señoras que hacen las uñas a domicilio, los colegios, los ponqués de bautizo, primeras comuniones y matrimonios, las fresas con crema, la ciclovía. La Candelaria, los lustrabotas, los vendedores de lotería, el vivero ambulante, la excursión a San Andrés, las empanadas de pipián. El pesebre del Parque de la 93, los jardines con majestuosas Palmas Reales del Parque del Chicó. El Milagroso de Buga. Los salones del Museo Nacional, las universidades, Rock al Parque. La sombra de los samanes, la Luis Ángel Arango. Los caballos de paso, los vendedores de esmeraldas de la 14. Las tardes en la Sexta de Cali, el futbolito, el Museo del Oro que no se pudieron llevar los españoles, los retratos del abanderado Espinosa, los asados, los valles de Subachoque y Tabio, el amigo que presta los 500..000 pesos del mercado, las parrandas vallenatas, los eucaliptos del Parque Nacional aunque no sean nativos, el queso con bocadillo, los sabios del fútbol con corbata, maquillaje y laca; la señora que coge dobladillos invisibles.

La Luciérnaga, los urapanes. el quesillo del Espinal, el hotel mamá, los vendedores de minutos, el paseo a Panaca con los niños, los tinterillos, el número de la cédula, los silleteros, el fin de año en Cartagena, los tríos de serenateros. Las notarías llenas de sellos, bañarse en San Andrés de Pisimbalá. La complicación para entrar a los edificios, los gimnasios Body Tech. Los manguitos de azúcar, la vuelta a Oriente, las rumbas electrónicas de Cha Cha, el Jueves Santo en Popayán. La Ciudad Perdida, los frailejones de los páramos. el Museo de Arte Moderno, la bañada en el paradisiaco río Guatapuri, el Transmilenio, la plaza de Villa de Leyva donde venden fósiles prehistóricos, las guacamayas. Los edificios de Salmona, los helados de San Jerónimo, las esquiadas en Calima o Prado, la papa criolla, el rafting en San Gil. Las esculturas de la avenida Eldorado, el tejo o tenis cundiboyacense.

La Quinta de Bolívar. Volar ultralivianos en Flandes, los noticieros de las 7, las telenovelas de las 8, las telenovelas de las 9 y las telenovelas de las 10. La Feria de Cali, la bajadita a Girardot, las ensaladas de frutas con queso de la Avenida 19, la Sierra de la Macarena, los cuartos del Casa Medina, los paseos con olla al río Pance, los amaneceres de los llanos orientales, bucear de noche en Gorgona, los atardeceres del valle de Pubenza, bucear de día en Providencia, tomar fotos desde Monserrate. La brisa helada de Santa Marta (el único puerto del Caribe y el trópico con vista a una montaña cubierta de nieve), el Divino Niño, los cañones del río Cauca, el cuchuco de trigo, un partido de la selección Colombia, Barranquilla y los salpicones de la ciclovía.
Les hacen falta las montañas, las hamburguesas del Corral, los chorizos de Chopinar, la Colombiana, las chocolatinas Jet, las Saltinas NoeI, Kokoriko, el yogurt de Alpina, la butifarra, los salchichones rellenos de mangostinos que venden en los semáforos, el ajiaco con guasca, las almojábanas de Pan Pa' Ya donde se hace el 'mejor pan del mundo', el pan caliente, los primos, los tíos, los compadres y los calzones y brasieres Leonisa.

En Miami no se come mejor carne que en Balzac, ni pasta más sabrosa que en el Giardino de la 116, ni pollitos mejores que los de la T, ni costillas de cordero gustosas que en la Brasserie, ni traen domicilios tan bien presentados como Di Luca, ni albóndigas tan jugosas como las de Pajares Salinas, ni la sopa campesina de Niko, ni la milanesa de Harrys Bar, ni el esponjado de maracuyá o el merengón de guanábana que venden en Renault 4 rojos en las esquinas de las bodegas, la chuleta del Bochinche, ni los huesitos de marrano de Harry Sasson, ni las marranitas de Meléndez, ni la panadería de Criterión, ni el lomo salteado de Asrid y Gastón, ni mejores ensaladas que las de Crepes and Waffles, ni el sushi de Watakusi ni el sancocho de gallina de Ginebra los domingos en Fulanitos.

Hasta las hamburguesas McDonald's del centro Andino son mejores que las de Dadeland, las costillitas del Hard Rock del Atlantis son más sabrosas que las de cualquier Hard Rock de Miami y Estados Unidos y el tres leches de Myriam Camhi es tres veces más que el tres leches de Versalles o el de Los Ranchos de Bayside, el restaurante nicaragüense que popularizó la receta.
Para más sofisticación habría que hablar del jugo de tamarindo de la Plaza del Reloj, las arepas de huevo de Arhuaco, los chicharrones de la carretera a Bucaramanga, la lechona de San Andresito o la de Carrefour de la 80 se la ingenian para que toda porción salga con un pedacito de cuero bien crocante.

Los que se regresan a Colombia se dan cuenta de que los dólares están baratos, el estrés más escaso, las flores que venden en los semáforos son más que las que venden en las mejores floristerías de Miami y cien veces más baratas, los árboles de los cerros son más verdes, el cielo de la ciudad es más azul, la luna más brillante y los ruidos de los pájaros mucho más variados, el agua de las Islas del Rosario o San Andrés tiene más transparencia y más colores que las de los mares más famosos y más caros y que los domingos son más divertidos.

A Colombia no sólo regresan inmigrantes arrepentidos sino todos los extranjeros que alguna vez les tocó venir por negocios, por chiripa, a un matrimonio o un entierro. Los aviones a Bogotá y Medellín traen miles de pasajeros que no tienen cuartos reservados en hoteles, sino en clínicas y hospitales. Gringos, suramericanos, europeos llegan en busca de salud y belleza.

Tratamientos seguros y baratos existen muchos, de los mejores médicos y esteticistas del mundo. No son pocos los que se van felices de Colombia con tetas nuevas, sin arrugas. Con implantes de pelo, papadas estiradas, dientes blanqueados, muelas de titanio, marcapasos, rodillas biónicas, liposucciones. Diseños de sonrisa, estómagos reducidos. Embriones implantados, cuerpos depilados, narices respingadas. Nalgas levantadas, pelos teñidos, visión 20/20 y penes engordados por citar solo algunas de los cientos de operaciones que son otro de los atractivos turísticos de Colombia igual que las brujas que leen el Tarot.

Los científicos que hacen cartas astrológicas y los chamanes ejecutan cualquier daño o beneficio con sus pócimas sospechosas.

La llegada a Eldorado es un despliegue de paisaje con todos los matices de verdes existentes donde hasta el río Bogotá se ve bonito, los empleados de inmigración DAS son más amables que los de allá y los maleteros de gorro y uniforme color vinotinto son los mismos bigotudos de siempre pero más joviales y agachados.

Regresar a Colombia es un placer como el de encontrarse un viejo amigo.

 

Fernán Martínez Mahecha
 
Columnista invitado