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Por: Carlos Gustavo Álvarez Julio del 2008
El director del Jardín Botánico de Cali, se hizo acreedor al premio National Geographic Society / Buffet de Liderazgo en Conservación. ¿Cómo y porqué lo logró?
Luego de rastrearlo a través de varios celulares de repicar incesante, su esposa Ana María me rescató de la timbradera y me dijo con acento valluno: "Ya se lo paso".
Yo había leído la noticia que apareció el 11 de diciembre de 2007 donde reseñaba que el Director del Jardín Botánico de Cali y un atlético hombre de ciencia de la República Democrática del Congo, llamado Inogwabini Bila-Isia, habían ganado el premio National Geographic Society / Buffet de Liderazgo en Conservación. Lo recibieron en Washington dos días después.
Conocer a un hombre que lleva tres décadas empeñado en detener el cataclismo natural de la tierra será un gran honor, le dije a la voz cálida y efusiva que me citó para el viernes a las 9:00 de la mañana en el mismísimo jardín del edén, y muchas gracias, doctor, allá nos vemos.
Si el Jardín Botánico José Celestino Mutis, de Bogotá, es pulmón evidente en medio de la ciudad polucionada, este reino de naturaleza viva parecía estar a orillas del Río Cali, al occidente de la capital del Valle del Cauca. Así lo deduje del mapa que bajé al consultar guiado por una mariposa la página web www.jardinbotanicodecali.com, y aperado del cual me subí al taxi, dispuesto a orientar al conductor que, como yo, iba por esos lados por primera vez.
Y sí. Subimos por la Avenida Colombia hasta el Zoológico de Cali, y ya solo era cuestión de buscar la bocatoma del río que sacia la sed del 20 por ciento de la población urbana de esa ciudad. "Y un puente verde", como dijo un informante providencial, que nos ahorró el extravío. Nos dijimos hasta pronto con el taxista, más exactamente hasta más tarde, y ahí estoy yo, solo frente a un letrero que me invita a dar el primer paso de esta historia de salvación de nuestro deteriorado mundo: "Cuida las materas y las plantas, ellas embellecen nuestro entorno".
Cruzo el puente. Se oye el sonido del río limpio, veo que corre afanado sin saber lo que le espera aguas abajo. Varias mujeres lavan ropa y bañan niños, un hombre está sentado en la mitad de la corriente con los ojos cerrados en un húmedo samsara. Del puente para allá hay como 500 metros hasta el aviso que instala el colibrí y que expresa: "Bienvenidos: Jardín Botánico de Cali: un lugar para aprender a amar la naturaleza".
Y yo que soy de esa corriente, cuando alrededor es verde todo y flirtean las mariposas mientras estalla el trino de pájaros que no conozco y pasan raudas las siluetas del bosque, me rindo al embeleso. Y no sé discernir entre el sendero que lleva al Centro de Visitantes o al puesto de Arte y Cultura. "¿Dónde está Jorge Orejuela?", interrogo a dos agentes de la Policía Ambiental que brotan de la manigua, más perdido que el hijo de Lindbergh, y ambos me señalan con sus índices el polo opuesto, donde queda la oficina del JB.
Recojo mis pasos y llego a la dirección que parece de mentiras, "Ave 2ª Oeste # 22B-140", por si alguien quiere guiarse no por las señas que he dado sino por la nomenclatura de esta casa, al pie de la hidroeléctrica sede de EPSA. Hay revuelo de camarógrafos y periodistas. Y es el mismo Jorge Enrique Orejuela Gartner quien me pregunta qué vamos a hacer, si tiene que irse ya con ellos a grabar un capítulo de Cuentos verdes, que no es un programa de la Nena Jiménez sino un reconocido espacio ecológico de Telepacífico.
Resulta manizaleño aunque puede pasar por gringo. Alto, con una barba blanca que me recuerda a Hemingway, camisa gris, pantalón crema y zapatos color melao-de-caña-rica-tu-dulzura. Su rostro apuesto justifica muchos años después porqué se ganó el concurso del Bebé Maizena. Me invita a que nos tomemos un tinto antes de alcanzar a los hombres de la TV, que ya se han internado a través de estas doce hectáreas de cielo verde y silvestre. Lo circundan Ana María, mucho gusto, y Miguel Tascón, un Administrador de Empresas vertido a la vocación de la naturaleza, ambos sus verdaderas manos en el manejo del Jardín Botánico de Cali.
Y Jorge Orejuela comienza a hablar con un encanto seductor del que ya me ha advertido Ana María, quien lo define como un hombre obstinado y optimista, "para quien todo es barato, está cerquita y es maravilloso". Algo más que sus ojos claros, verdes para más señas, ha heredado de sus antepasados alemanes, que trasegaron por las minas de oro de Supía y Marmato, sembrando una familia que se radicó en Riosucio, Caldas. Aclara que de ese árbol que se desgajó por años y tierras, él pertenece a la llamada "Rama 5", marcada con el signo del agricultor. Aunque su experiencia en ese sentido sirvió más bien para retornarlo a su vida científica.
La infancia que pasó en un barrio oráculo llamado Campohermoso, del que procede también Humberto de La Calle, fue sencilla y feliz, volcada en una actitud que le quedó para toda la vida: ser un buen estudiante. Los padres del colegio de Nuestra Señora lo destinaron rápidamente a la tonsura, pero el hombre se salvó de milagro, entre otras razones, porque su familia no lo ubicaba ni quería como cura.Y para no hacer de esta nota, entretejida a través de la historia que él me relata a lo largo de un tinto finito y de una biografía más sabia y amorosa que escribió Ana María para un periódico de la familia, un recorrido por todos los resquicios de la vida de Jorge Orejuela, es preferible fijarse en los aciertos.Aprendió inglés en el Colombo Americano, por ejemplo. Y así pudo obtener una beca por un año en los Estados Unidos, adonde volvería para estudiar su Biología del alma. Pregrado, Maestría y Doctorado los cursó becado, y no retornó a su patria sino hasta convertirse en un angelado Ornitólogo, con una esposa y una hija norteamericanas. Comenzaba la década de los 70. Fichado por la Universidad del Valle, "fue el primer profesor que nos hizo creer que sí éramos capaces de hacer algo importante -escribe Ana María, su ex alumna bióloga-: nos entusiasmó a tal punto que en pocos meses estábamos todos mirando nidos, escupiendo nombres científicos en latín y siguiendo pájaros por la ciudad".Regresó a los Estados Unidos, y entendió que allá la dicha del estudiante que había sido estaba perdida para el hombre que quería ser. Volvió solo a Colombia, pues también su esposa atendió los llamados de su tierra, y se sumergió en una experiencia que lo marcaría. Financiado por el World Wildlife Fund (WWF-US), se dedicó a identificar áreas importantes para la conservación en Colombia. Y su empeño fructificó cuando pudo unir los esfuerzos de su patrocinador y de la FES (Fundación para la Educación Superior), para crear en Nariño la primera reserva natural privada de Colombia: La Planada.
Allí fue feliz y productivo. Allí entendió, sobre todo, que no se trata de conservar extensas zonas de valor biológico sino que ello sea posible bajo la acción de comunidades humanas que puedan vivir dignamente. Naturaleza y cultura. Comenzaba el peregrinaje de 25 años que lo llevaría en el tránsito de Biólogo a Ambientalista. Los diez años que pasó en Nariño le dejaron más conocimiento de las aves nativas y de las orquídeas silvestres, pero sobre todo la compañía de su esposa, Ana María, con quien tiene dos hijas y un hijo, que disfrutaron como peluches a los ojos de anteojos y que se mueven por la naturaleza como ardillas curiosas.
Miguel Tascón ha vuelto con la noticia que ya todo está listo para la grabación de Cuentos verdes. Jorge Orejuela me ha narrado su vida de largometraje fantástico en un tiempo de corto. Ha relatado su experiencia de establecer parques nacionales naturales en la Isla Gorgona y en la Ensenada de Utría, en el Chocó; su amor por la cuenca del Río Calima; la vida en su casa del Municipio de Ricaurte al estilo de Daktari o la usanza de Tarzán; su experiencia en la Universidad Autónoma de Occidente, que le ha prohijado el sueño de este jardín. A estas alturas pienso que a este hombre le van a brotar en cualquier momento flores por los ojos y pájaros y mariposas por la boca. A lo mejor descubro que no es un hombre sino un árbol tierno y que no tiene pies sino raíces que andan.
Comenzamos el ascenso hacia el área del Jardín Botánico de Cali, este reducto de bosque seco tropical en la cuenca media del Río Cali que fluye desde Los Farallones, y que es su empeño de ahora. Su sueño es verlo lleno de estudiantes, de gente que viene a conocer y a aprender en esta, una de las 100.000 áreas protegidas alrededor del mundo, y que sin embargo, solo comprenden el 12 por ciento de la superficie terrestre. En muy poco tiempo, las aves desaparecerán a una velocidad cien veces mayor que la de la naturaleza. Entonces, por tener el agua feliz como la de este río, habrá guerras como las hubo y hay por el petróleo.
Frente a la cámara, Jorge Orejuela cuenta su euforia porque este premio, al que lo postuló el reconocido ecologista de la conservación Stuart L. Pimm, su compañero en la Universidad Estatal de Nuevo México, pero sobre todo su amigo de asombros y descubrimientos en la Península de Yucatán, le servirá para potenciar la ayuda que necesita para que el Jardín Botánico de Cali sea el verdadero espacio verde de una ciudad que necesita revivir como la sucursal del cielo.
Antes de emprender el regreso hacia el puente, el taxi, el bullicio de Cali, tomo mis últimas notas. Una mariposa de tonalidades inverosímiles se posa en mi libreta. Jorge Orejuela abre los ojos. Sonríe. Recuerdo las palabras de Ana María: "Las arrugas de admiración que marcan su frente se harán cada día más profundas, pues todo le asombra y le fascina como si fuera la primera vez que lo ve".
Cuando abrió su puerta, el 11 de febrero de 2005, el Jardín Botánico de Cali completaba solo otra etapa en su condición de sueño radicado en la cabeza de científicos y académicos, que lideraba Jorge Orejuela, profesor de la Universidad Autónoma de Occidente. El Departamento Administrativo de Gestión del Medio Ambiente (DAGMA) había financiado un proyecto de planificación y manejo del jardín. En mayo de 2001 se creó la Fundación Jardín Botánico de Cali. Con proyecto y Fundación, solo faltaba el jardín.
En diciembre de 2002, la Empresa de Energía del Pacífico (EPSA) le entregó a la Fundación, en calidad de comodato, un predio de verdor irrepetible, en plena Comuna Uno cuyas casas se asoman en los cerros, levantadas por el descomunal crecimiento demográfico de los habitantes de recursos escasos. Entre los años 2003 y 2005, el Jardín Botánico de Cali adecuó su infraestructura básica educativa y de atención a los visitantes. Lo respaldaron entidades como TCC, la Cámara de Comercio de Cali, Cementos del Valle, Manuelita, Wyeth, La Caleñita. La Fundación Jardín Botánico de Cali "es una organización privada, sin ánimo de lucro, dedicada a la conservación de la biodiversidad con énfasis en la flora y fauna de Cali y del Valle del Cauca mediante actividades de investigación, educación ambiental, horticultura y uso sostenible de los recursos naturales". Su máximo órgano de dirección es la Asamblea General, conformada por cerca de 50 miembros fundadores. La Junta Directiva está integrada por 15 miembros, ocho de los cuales son instituciones. Cuatro del sector privado: la Universidad Autónoma de Occidente, la Cámara de Comercio de Cali, Cartón Colombia y la Fundación Zoológica de Cali; cuatro del sector público: la Alcaldía de Cali, el Concejo Municipal, la Gobernación del Valle del Cauca y la Asamblea Departamental. Los otros siete integrantes son personas naturales, como Jorge: quijotes que buscan devolver a la tierra lo que cada día le quitamos y darle a Cali un enorme jardín.