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¡Qué suerte que tenemos los Colombianos!

Por: Camilo Russi Enero del 2009

 

Estuve muy de buenas, hace 19 años nací en un lugar lleno de sorpresas ansiosas por ser descubiertas, de cuentos con moraleja, de paisajes, olores, sabores y texturas suficientes para satisfacer al más exigente de los curiosos. Nací en un país lleno de activos ocultos.

Con el paso de los años me di cuenta que, en este lugar en el que nací, hay potencial que se esconde con astucia en nuestra sociedad. Se esconde donde muchos no exploramos frecuentemente, en nosotros mismos. En nuestro tiempo libre, por ejemplo.

Brota en mi cabeza una escena de mi infancia, en la que yo llegaba al colegio después de vacaciones y comentaba con mis compañeros, “¿Juanca, y usted qué hizo de vacaciones?” Me respondían, y siempre comenzando con una palabra que me desinflaba, “¡Nada! Fui una semana a… (Algún sitio) y… ver televisión.” Yo normalmente contestaba lo mismo, pero unas vacaciones, en las que ya comenzaba el mismo plan vegetal de hibernar frente al televisor, me aburrí de la flojera, me cansé de unas vacaciones de oso perezoso.

Comencé a pensar en una lluvia de ideas que cumpliera dos condiciones:

  1. Cosas que me hicieran salir de mi burbuja de comodidad.
  2. Cosas que no haría normalmente, pero que estuvieran dentro de mi moral.

Surgió una lista de ideas como:

  1. Volverme un duro haciendo videos.
  2. Hacer un semillero auto sostenible.
  3. Pasar tiempo con mis abuelos, grabarlos contando historias.
  4. Hacerle regalos diferentes a mis papás.
  5. Aprender a contar historias, ponerlo en práctica.
  6. Conocer gente, hablar con gente que normalmente no hablaría.
  7. Investigar sobre la biodiversidad única que hay en el sitio donde nací.
  8. Hacer ejercicio.
  9. Viajar y descubrir una cultura nueva, que me abra la mente.
  10. Hacer una práctica o conseguir un trabajo.

Mirando la lista con lupa me di cuenta que todas las cosas que enserio quería hacer tenían algo en común. O era una actividad en la que podía aprender algo nuevo, o una actividad que me hacía sentir feliz. Este descubrimiento me impulsó a otro de mayor rango, al que supongo los filósofos, científicos y todos los maestros del conocimiento ya habían llegado, pero que igual yo me siento orgulloso de haber sentido en carne propia.

Descubrí la íntima relación entre la felicidad y el aprendizaje. Aprendiendo uno se posa bajo una cascada de agua helada que le abre los ojos a una realidad espectacular. Una vez uno se lanza al agua y experimenta con su entorno, se puede hallar la felicidad incesante de compartir lo aprendido.

¿Qué mejor lugar para ser feliz que Colombia? El país donde nací, un país virgen y lleno de activos ocultos que piden a gritos ser descubiertos. Por esto los invito a que se quiten la pereza con estropajo y aprovechen el tiempo libre, ese activo, ya no tan oculto, que tenemos a nuestro alcance.

 

Camilo Russi
 
Columnista invitado