William Ospina, en un escrito publicado en la revista Número y titulado Colombia, El proyecto Nacional y la Franja Amarilla, escribe en su forma provocativa y energética unas reflexiones que queremos compartir con los lectores de Puentes, Redes y trampolines. García Márquez ha dicho que William Ospina será el próximo Premio Nóbel Colombiano. Transcribimos fragmentos de su escrito a continuación.
"Ninguna persona sensata sostendría que por el hecho de haber precipitado en cinco años la muerte de 50 millones de seres en condiciones de crueldad y de sevicia escandalosas, la sociedad europea revele una patología siniestra e incurable. Ninguna persona sensata sostendría que por el hecho de que la sociedad estadounidense haya sacrificado medio millón de personas en tres años de guerra para impedir su propia Secesión y haya alentado después la Secesión de Panamá para hacerse al canal interoceánico más importante del mundo, de que haya participado en las guerras de Nicaragua, haya arrojado bombas atómicas sobre ciudades japonesas, haya invadido Vietnam, haya apoyado a los peores dictadores del Caribe y de Centroamérica, y haya bombardeado a Bagdad, eso signifique que los norteamericanos padecen de alguna monomanía agresiva irremediable. Los historiadores vendrán en nuestro auxilio para explicarnos las precisas condiciones históricas que llevaron a aquellas sociedades y a sus gobiernos a participar en esas realidades escabrosas.
Colombia vive momentos dramáticos, pero quien menos le ayuda es quien declara, por impaciencia, por desesperación o por mala fe, que esas circunstancias son definitivas, o que obedecen a causas ingobernables. Más bien yo diría que lo que vivimos es el desencadenamiento de numerosos problemas represados que nuestra sociedad nunca afrontó con valentía y con sensatez; y la historia no permite que las injusticias desaparezcan por el hecho de que no las resolvamos. Cuando una sociedad no es capaz de realizar a tiempo las reformas que el orden social le exige para su continuidad, la historia las resuelve a su manera, a veces con altísimos costos para todos. Y lo cierto es que Colombia ha pospuesto demasiado tiempo la reflexión sobre su destino, la definición de su proyecto nacional, la decisión sobre el lugar que quiere ocupar en el ámbito mundial; ha pospuesto demasiado tiempo las reformas que reclamaron, uno tras otro, desde los tiempos de la Independencia, los más destacados hijos de la nación...
…La historia de Colombia es la historia de una prolongada postergación de la única aventura digna de ser vivida, aquella por la cual los colombianos tomemos verdaderamente posesión de nuestro territorio, tomemos conciencia de nuestra naturaleza -una de las más hermosas y privilegiadas del mundo-, tomemos conciencia de la magnífica complejidad de nuestra composición étnica y cultural, creemos lazos firmes que unan a la población en un orgullo común y en un proyecto común, y nos comprometamos a ser un país, y no un nido de exclusiones y discordias donde unos cuantos privilegiados, profundamente avergonzados del país del que derivan su riqueza, predican día y noche un discurso mezquino de desprecio o de indiferencia por el pueblo al que nunca supieron honrar ni engrandecer, que siempre les pareció "un país de cafres", una especie subalterna de barbarie y de fealdad….
…"Ser maltratado no es un mérito", dijo Bernard Shaw a un visitante que le enumeraba sus males. He referido los precedentes de nuestra situación, pero el propósito de estas páginas es pensar en el porvenir y atrever reflexiones sobre la Nueva República, como la llamaba Gaitán, que estamos en el deber de construir. Una república capaz de superar una larga historia de negligencias y de crímenes, capaz de ofrecer al mundo algo mejor que un recurrente memorial de agravios. El Proyecto Nacional tantas veces postergado tiene que volver a alzarse, hasta que la cordura y la nobleza de corazón se impongan en el mismo escenario donde hoy persisten los negadores del país y los destructores de su esperanza. "Todo recuerdo es triste y todo presentimiento es alegre", dijo Novalis. El más inmediato deber de Colombia es presentir ese futuro y adueñarse de él con pasión y con convicción. Las viejas castas dominantes se han destituido a sí mismas, se han hecho indignas de respeto y no creo que merezcan un lugar en la historia. Es hora de que nos preguntemos cuál es nuestro lugar, cuál es nuestro papel y nuestro destino…
… Un chiste común dice que en Colombia los ricos quieren ser ingleses, los intelectuales quieren ser franceses, la clase media quiere ser norteamericana y los pobres quieren ser mexicanos. Después de siglos de un esfuerzo vergonzoso y esnob por fingir ser lo que no somos, es urgente descubrir qué es Colombia; que surja entre nosotros un pensamiento, una interpretación de nosotros mismos, una alternativa de orden social, de desarrollo, un sueño que se parezca a lo que somos….
… Tal vez ha llegado el momento en que sean las comunidades, y no los causantes del mal, quienes se apliquen a la tarea de resolverlo. Incluso, tal vez ha llegado el momento en que, a pesar de estos largos y necesarios análisis de las causas de nuestra crisis, la sociedad deba asumirse como responsable de lo que ocurre y emprender la tarea de cambiarlo…
…¿No debe la sociedad asumir que su deber es dar soluciones en lugar de estar reclamándolas o implorándolas? Cada ciudadano debe ser capaz de decirse a sí mismo: "Lo que yo no resuelva, no tengo derecho a esperar que otro lo resuelva por mí". Y asumir en consecuencia que el mero reclamo y la mera petición son maneras tan sumisas de estar en el mundo como la indiferencia o el silencio cobarde. ¿No estará llegando la hora de no pedir ni esperar nada, de construir un modelo distinto? ¿No estará empezando a tener su sentido y su función la propuesta de desobediencia civil que Thoreau razonó hace un siglo y medio?...
… Al lado del país de los privilegios, del Estado corrupto y de sus políticos, al lado de las violencias guerrilleras y estatales, de la mafia y del hampa, al lado de las torturas y las ejecuciones sumarias, de las masacres políticas y de los cinismos electorales, ha ido creciendo ese otro país al que ya no engañan los poderes económicos egoístas y sus voceros en los medios de comunicación. De ese país indignado pero responsable y creador, de ese país que no es noticia, debe salir el futuro que Colombia merece…
… El nuevo país crece en la labor de industrias y cooperativas regionales; de empresas solidarias; de movimientos ecológicos; de medios alternativos; de eventos literarios, artísticos y musicales de trascendencia mundial logrados gracias a la iniciativa particular en varias ciudades; en la dignidad de una nueva generación de periodistas responsables y valerosos; en creadores de música y danza que se han inclinado sobre las fuentes de su propia cultura para encontrar un lenguaje con el cual hablarle originalmente al mundo; en el trabajo de grupos y personas comprometidos con el país, que no tienen el menor afán por lanzarse a la conquista del poder, o que, habiendo conocido las redes paralizantes de su enorme laberinto kafkiano, ya saben cuán imposible es cambiar algo en la bruma pesadillesca de los incisos y de los occisos.
Sólo tomando posesión de ese lenguaje, múltiple y cohesionador, que le dé un nuevo sentido a la nación y a su historia, podremos llegar a constituir un movimiento capaz, no de reclamar ni de pedir sino de provocar los grandes cambios sociales que requiere el país y proponer una vida viable en el ámbito de las posibilidades contemporáneas. Para realizar una revolución que no pueda ser detenida y frustrada por las balas, se requiere la unión de la inteligencia, la creatividad y la solidaridad de millones de seres humanos, de los que ya saben que el poder existente sólo busca un futuro para esa exigua minoría que se avergüenza de sus compatriotas y que sistemáticamente los desprecia y los excluye.
Un país formidable en recursos y capaz de grandes empresas está en condiciones de nacer. Basta que los colombianos nos permitamos ser conscientes de nuestra fuerza, ser los voceros orgullosos de nuestro territorio, los defensores de nuestra naturaleza y los hijos perspicaces de una historia que yace en el olvido. Hoy ya no se trata de alcanzar el cielo sino de salir del infierno, de un infierno de intolerancia y de desamparo circunscrito por la historia a la línea de nuestras fronteras. Pero bastará dar ese paso inicial que nos arrebate al horror para que ya sea posible soñar el país que Colombia, aleccionada por su historia, puede llegar a ser. Tarde o temprano tendremos que pensar, no en una economía aislada e independiente, cosa imposible, pero sí en una economía cuya primera prioridad sea la gente colombiana.
Yo sueño un país que esté unido física y espiritualmente con los demás países de la América del Sur. Que un grupo de jóvenes venezolanos o colombianos pueda tomar el tren en Caracas o en Bogotá y viajar, si así lo quieren, hasta los confines de Buenos Aires. En un mundo donde se hacen autopistas de isla en isla, no ha de ser imposible tender ese camino de unidad entre naciones hermanas. Yo sueño un país que cuando hable de desarrollo hable de desarrollo para todos, y no a expensas del planeta sino pensando también en el mundo que habitarán las generaciones futuras; que cuando hable de industria nacional sepa recordar, como Gaitán, que industria son por igual los empresarios, los trabajadores y los consumidores. Yo sueño un país consciente de sus tierras, de sus árboles, de sus mares y de sus criaturas, donde hablar de economía sea hablar de cómo vive el último de los hijos de la república. Yo sueño un país donde sea imposible que haya gentes durmiendo bajo los puentes o comiendo basuras en las calles. Yo sueño un país cuya moneda pueda mostrarse y negociarse en cualquier lugar del planeta. Yo sueño un país que gane medallas en los Juegos Olímpicos. Yo sueño un país de pueblos y ciudades hermosos y dignos, donde los que tengan más sientan el orgullo y la tranquilidad de saber que los otros viven dignamente. Yo sueño un país inteligente, es decir, un país donde cada quien sepa que todos necesitamos de todos, que la noche nos puede sorprender en cualquier parte, que el carro se nos puede varar en las altas carreteras solitarias, y que por ello es bueno que nos esforcemos por sembrar amistad y no resentimiento. Yo sueño un país donde un indio pueda no sólo ser indio con orgullo, sino que superando esta época en que se lo quiere educar en los errores de la civilización europea aprendamos con respeto su saber profundo de armonía con el cosmos y de conservación de la naturaleza. Yo sueño un país donde tantos talentosos artistas, músicos y danzantes, actores y poetas, pintores y contadores de historias, dejen de ser figuras pintorescas y marginales, y se conviertan en voceros orgullosos de una nación, en los creadores de sus tradiciones. Todo eso sólo requiere la apasionada y festiva construcción de vínculos sinceros y valerosos. Y hay una pregunta que nos está haciendo la historia: ahora que el rojo y el azul han dejado de ser un camino, ¿dónde está la franja amarilla?"
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